
La muerte de Calvo, ocurrida en el hospital Almenara el 18 de agosto del año 2000, estuvo precedida de un transtorno doloroso y perturbador en extremo, una lesión auditiva interna que poblaba de ruidos insoportables el cerebro de un hombre acostumbrado más bien a los sonidos de la alegría.
Calvo produjo mucho en vida, poesía, canción, periodismo. Su rol de poeta, asumido en la multiplicidad de identidades -tal como Pessoa, según analogía de su amigo Alejandro Tamashiro- es el que más claramente lo definió en el escenario de la cultura peruana de la segunda mitad del siglo XX. En 1961 Calvo empata con Javier Heraud el Primer Premio de Poeta Joven, con Poemas Bajo Tierra. Dos años más tarde publica Ausencias y Retardos. En el 67, El Cetro de los Jóvenes, y ese mismo año, al alimón con Heraud, Ensayo a Dos Voces. Pedestal Para Nadie (1973) fue un libro sorprendente, al que siguió Las Tres Mitades de Ino Moxo (1981), el inquietante relato del paso por el universo de la ayahuasca. Campana de Palo (1985) recopila su trabajo como periodista. En el 89 aparecieron Puerta de Viaje y Los Lobos Aúllan Grises Contra Bulgaria, una notable investigación periodística. Tres libros póstumos cerrarán su obra: Edipo Entre los Incas,Variaciones Rumanas y Cartas de Barcelona.
Existe un lado inopinable en el recuerdo de César Calvo: su inmensa capacidad para ser amigo. Calidez, confianza, sentido del humor, solidaridad y amor por la aventura (así fuera la de una arriesgada conversación), resultan inolvidables para quienes estuvieron cerca de él, a lo largo de su vida. Cuatro amigos entrañables de Calvo lo ratifican en Bienvenida. (R.L.)
Carlos "Chino" Domínguez - Fotógrafo
César me decía a mí "el poeta" y yo le decía "el fotógrafo". Para mí la fijeza de sus imágenes poéticas era fotográfica y para él, muchas de mis imágenes eran poéticas. Con César, aparte de la amistad, siempre hubo una relación de trabajo. Él escribía notas periodísticas que yo después ilustraba. Hemos vivido juntos la bohemia, he estado con él tantas noches en las que escribía.
Fuimos juntos en el año 86 a Europa, para cubrir el juicio al hombre que intentó asesinar al Papa. Partimos por una semana y nos quedamos cinco meses. Allá me di cuenta del nivel de amistades que César tenía. Barral, Goytizolo, Juan Marsé.
César y yo nos conocimos en el año 47. Fue en las oficinas de la revista Turismo Latinoamericano, que dirigía Ponce Ratto, en la época de Odría. Esa fue la primera vez que nos vimos. La última vez nunca ocurrió. Nos habíamos citado un lunes para vernos el miércoles y luego postergamos el encuentro para el viernes, en el restaurante de Tamashiro, donde el Flaco estaba todos los viernes al mediodía. Pero nunca llegó.
Carlos Carcelen - Economista
¿De dónde nace la amistad entre un gran poeta que despreciaba la riqueza material y un economista que desarrolló buena parte de su carrera en el mundo de la banca? La pregunta me ha sido formulada más de una vez y creo que sería una gran inexactitud decir que el azar nos reunió en una primera ocasión y que nos convirtió en amigos inseparables durante los últimos diez años de vida de César. Estoy convencido de que él poseía una poderosa intuición para elegir a sus amigos y que sabía de antemano que confluiríamos en un conjunto de valores: la visión de la vida, que definitivamente va bastante más allá de la belleza poética de la palabra y de la importancia prosaica de las finanzas; el desarrollo intelectual del ser humano, para cuyo fin debíamos evitar "robotizarnos" en nuestras especialidades principales; la solidaridad con los débiles y desposeídos de nuestro paupérrimo Perú; y por supuesto la amistad, en toda su genuina amplitud. Naturalmente, influyó también mi pasión por la literatura.
Alejandro Tamashiro - dueño de la pollería Don Enrique
César siempre desaparecía, ya sabíamos, "ya se fue el Flaco, ya regresará", y después volvía. Eso se nos quedó y por eso aún tiene su sitio en esta mesa... Nos conocimos en San Marcos, hace más de cuarenta años. Él era muy vital, podía tener dentro un mundo de cosas pero nunca lo contagiaba. Con su carcajada y su ironía transmitía vida. Siempre trató a los amigos como hermanos. El Flaco rompió las cuatro paredes y se fue para el mundo conservando su raíz.
Con los grandes cambios de los ochenta, él siguió en lo suyo. Admiraba a Saramago, a Benedetti, a García Márquez. Me decía, "puede que los conceptos cambien pero no el ideal humano". Enfrentó el siglo XX habiendo visto todo. Podía estar feliz en una choza de esteras, en el campo, con Máximo Damián; o al día siguiente en un gran palacio... Escribió las Cartas de Barcelona a mano y a máquina. Son 454 páginas escritas desde fines del 99. Escribía todos los días hasta que se dio cuenta de que tenía un libro completo, al que llamó Plagio y Presagio. Venía acá al restaurante los viernes, y sigue viniendo. Entraba y llamaba a los amigos muertos, "don Juan Gonzalo Rose, pase usted y tome asiento. Don Gustavo Valcárcel, pase usted y tome asiento". En Barcelona hablaba con Chabuca Granda, con Juan Pablo Chiang, con su abuelo Soriano, en fin... Hay una historia linda con Zitarrosa, el músico uruguayo. Una vez César se iba a Chaclacayo con una chica, en el auto de ella. De pronto ven a un hombre de pelo largo, desgreñado, con una guitarra en el hombro, caminando por la carretera. Paran y el Flaco le pregunta, "¿dónde vas?'" El otro contesta: "a ninguna parte". César le responde: "Qué casualidad, yo también".
Lotta Burenius - Escritora, Periodista y Fotógrafa
Él siempre era César Calvo a pesar de que aparentaba tener tantas identidades. Nunca he conocido una persona como él, la vida a su lado era un delirio constante y no me refiero solamente a las pasiones - porque a estas alturas de la vida una ya no está para pasiones- sino a su intensidad, a su fuerza, era una luz. Sensible, tierno, generoso, espléndido. Espléndido y no tenía nunca un centavo en el bolsillo, y cuando lo tenía lo regalaba. Yo lo hice heredero de los ternos Burenius de mi papá y un día le pregunté por ellos y me dijo, "ya vas a empezar a verlos caminando por todo Lima". Tenía esa generosidad con sus amigos, que casi lo último que hizo en vida fue ayudarme con la edición de mi libro en el año 1998, contactar a Antonio Melis, ectétera. Cuando me ayudó con el libro ya mostraba un estado de deterioro lamentable pero igual, ahí lo tenía. Los ruidos, los estruendos en el oído lo enloquecían. No soportaba estar mucho con la gente. Se metía a un taxi, elegantísimo, y se iba. El ruido lo ocupaba todo en su interior. Pero nos comunicábamos por escrito, teníamos una libreta de conversaciones. Y a pesar de todo eso, estaba siempre de buen humor, lleno de vida: era una fuente de vida César.
REVISTA: BIENVENIDAPERU.COM
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